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“Hay muchísimas evidencias científicas de la muerte de Jesucristo en el sudario de Oviedo y en el síndone de Turín, y otras muestras que la ciencia no puede explicar”

El médico forense Sánchez Hermosilla expuso el miércoles en el Aula de Cultura del Colegio de Médicos sus investigaciones sobre el sudario y el síndone de Jesucristo que se conservan en Oviedo y Turín, respectivamente

¿De qué va a hablar un forense si no hay cadáver? así comenzó su conferencia en el Aula de Cultura del Colegio de Médicos  de Cantabria el forense y antropólogo Alfonso Sánchez Hermosilla,  aclarando que aunque el escenario del crimen está muy modificado, existe, y  que  hay pruebas llamadas  de cargo, judiciales o físicas que se pueden analizar,  como el sudario de Oviedo y la síndone de Turín, unas muestras arqueológicas  que lleva analizando durante años, compatibles con la investigación médico forense,  que ofrecen muchas evidencias científicas sobre la crucifixión y la muerte de Jesucristo.

Sin embargo, el doctor en Medicina Forense del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Murcia, expuso que hay otros signos, como la imagen del síndone, que no se explican científicamente: “dicen que podría responder a una radiación, pero no hay explicación porque no existe hoy en día una radiación de tal potencia que pueda producir esa imagen”. Y “tampoco se explica que después de la flagelación que sufrió llegara vivo hasta donde llegó, y lo que dice el evangelio de San Mateo sobre que gritó con fuerte voz antes de morir, es imposible porque se estaba asfixiando, por lo que no podía gritar, por eso dijeron que era el hijo de Dios”.

El investigador también enumeró muchas muestras con presencia de signos cadavéricos o signos de muerte cierta, pero explicó que “no aparecen signos de putrefacción, al menos  investigando  con los medios actuales, aunque sí hay evidencias de que  sobre el cuerpo de Cristo primero estuvo el sudario de Oviedo, y de que lo pusieron con mucho cuidado, incluso cosido al pelo cuidadosamente, y de que lo llevó en la cruz y en el transcurso hacia el sepulcro, al que fue con la cara cubierta por el sudario, para evitar que se perdiera sangre, después fue amortajado con el síndone de Turín”.

También ha estudiado el polen, “cuando estaba buscando sangre encontré el polen que buscaba la bióloga del equipo  y  nos indica que se gastaron una fortuna, como  se hacía en el protocolo de los entierros  de los Reyes en Oriente Medio, con flores  de goundelia, una planta muy cara”.

También se han hecho estudios genéticos de las manchas de sangre, “pero no con la misma metodología en el sudario y la síndone, por lo que no sabemos si tienen el mismo ADN, también porque no se conserva bien y el tiempo lo deteriora considerablemente, y el de Jesucristo no se ha conservado y se ha perdido la mayor parte del genoma, por lo que nunca podrá clonarse. También hemos encontrado cloruro sódico y magnésico, por lo que quizá utilizaron sales del mar muerto para amortajar el cadáver”.

Y con respecto a la corona de espinas, “nuestra investigación dice que tenía cincuenta heridas en la zona de la cabeza por lo que la corona de espinas no era un aro, sino un casco de espinas con una cuerda alrededor. Y si analizamos si se defendió, no aparece ningún signo de lucha, ni de defensa.  No opuso resistencia a pesar de que las flagelaciones fueron muy graves, le infringieron muchas heridas, y le arrancaron hasta mechones de cabello y de barba”.

Con respecto al Lignum Crucis, que se conserva en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, Sánchez Hermosilla dijo que aunque no lo ha investigado se han encontrado virutas de roble en parte del síndone que cubría la espalda, y el Lignum Cruces es de ciprés, “pero es que los dos leños de la cruz no tenían por qué ser de la misma madera”.